lunes, 1 de agosto de 2011

Carta de Artigas a la Junta del Paraguay. Daymán, 7 de diciembre de 1811.

José  Artigas a la Junta Gubernativa del Paraguay, dándole cuenta de los acontecimientos de la insurrección oriental. Daymán, 7 de diciembre de 1811.

“Cuando los americanos de Buenos Aires proclamaron sus derechos, los de la Banda Oriental, animados de iguales sentimientos, por un encadenamiento de circunstancias desgraciadas, no solo no pudieron reclamarlas, pero hubieron de sufrir un yugo mas pesado que jamás. (…) Yo fui testigo, así de la bárbara opresión bajo que gemía toda la Banda Oriental, como de la constancia y virtudes de sus hijos, conocí los efectos que podía producir, y tuve la satisfacción de ofrecer al gobierno de Buenos Aires que llevaría el estandarte de la libertad hasta los muros de Montevideo siempre que se concediese a estos ciudadanos auxilios de municiones y dinero. Cuando el tamaño de mi proposición podría acaso calificarla de gigantesca para aquellos que solo la conocían bajo mi palabra, yo esperaba todo de un gobierno popular que haría su mayor gloria en contribuir a la felicidad de sus hermanos, si la justicia, conveniencia é importancia del asunto pedía de otra parte el riesgo de un pequeño sacrificio que podría ser compensado con exceso. No me engañaron mis esperanzas, y el suceso fue prevenido por uno de aquellos extraordinarios, que rara vez favorecen los cálculos ajustados.

Un puñado de patriotas orientales, cansado ya de humillaciones, había decretado su libertad en la villa de Mercedes: llena la medida del sufrimiento por unos procedimientos los mas escandalosos del déspota que les oprimía, habían librado solo á sus brazos el triunfo de la justicia; y talvez hasta entonces no era ofrecido al templo del patriotismo un voto ni mas puro, ni mas glorioso, ni mas arriesgado: en él se tocaba sin remedio aquella terrible alternativa de vencer ó morir libres, y para huir este extremo, era preciso que los puñales de paisanos pasasen por encima de las bayonetas veteranas. Así se verificó prodigiosamente, y la primera voz de los vecinos orientales que llegó á Buenos Aires fue acompañada de la victoria del 28 de Febrero de 1811; día memorable. (…)

No eran los paisanos sueltos, ni aquellos que debían su existencia á su jornal o sueldo, los solos que se movían; vecinos establecidos, poseedores de buena suerte y de todas las comodidades que ofrece este suelo, eran los que se convertían repentinamente en soldados, los que abandonaban sus intereses, sus casas, sus familias; los que iban, acaso por primera vez, á presentar su vida á los riesgos de una guerra, los que dejaban acompañadas de un triste llanto á sus mujeres é hijos, en fin, los que sordos á la voz de naturaleza, oían solo la de la Patria. Este era el primer paso para su libertad. (…)

Los restos del ejército de Buenos Aires que retornaban de esa provincia feliz, fueron destinados á esta Banda, y llegaban a ella cuando los paisanos habían libertado ya su mayor parte, haciendo teatro de sus triunfos al Colla, Maldonado, Santa Teresa, San José y otros puntos: yo tuve entonces el honor de dirigir una división de ellos con solo doscientos cincuenta soldados veteranos, y llevando con ellos el terror y el espanto á los ministros de la tiranía, hasta las inmediaciones de Montevideo, se pudo lograr la memorable victoria del 18 de Mayo en los campos de las Piedras, donde mil patriotas armados en su mayor parte cuchillos enhastados vieron á sus pies novecientos sesenta soldados de las mejores tropas de Montevideo, perfectamente bien armados. (…)

La Junta de Buenos Aires reforzó el Ejército, de que fui nombrado segundo jefe, y que constaba en el todo de 1500 veteranos y mas de cinco mil vecinos orientales; y no habiéndose aprovechado los primeros momentos después de la acción del 18, en que el terror había sobrecogido los ánimos de nuestros enemigos, era preciso pensar en un sitio formal á que el gobierno se determinaba, tanto mas cuanto que estaba persuadido que el enemigo limítrofe no entorpecería nuestras operaciones, como me lo había asegurado, y porque el ardor de nuestras tropas, dispuestas á cualquier empresa, y que hasta entonces parece habían encadenado la victoria, nos prometía todo en cualquier caso.

Así nos vimos empeñados en un sitio cerca de cinco meses, en que mil y mil accidentes privaron de que se coronasen nuestros triunfos, á que las tropas estaban siempre preparadas. Los enemigos fueron batidos en todos los puntos y en sus repetidas salidas no recogieron otros frutos que una retirada vergonzosa (…)

Yo no sé si 4000 portugueses podrían prometerse alguna ventaja sobre nuestro ejército, cuando los ciudadanos que le componían habían redoblado su entusiasmo, y el patriotismo elevado los ánimos hasta un grado incalculable. Pero no habiéndoseles opuesto en tiempo una resistencia, esperándose siempre por momentos un refuerzo de 1400 hombres, y municiones que había ofrecido la Junta de Buenos Aires desde la primera noticia de la irrupción de los limítrofes, y habiéndose emprendido últimamente varias negociaciones con los jefes de Montevideo, nuestras operaciones se vieron como paralizadas á despecho de nuestras tropas; y las portuguesas casi sin oposición pisaron con pié sacrílego nuestro territorio hasta Maldonado.     

En esta época desgraciada, el sabio gobierno de Buenos Aires creyendo de necesidad retirar su ejército con el doble objeto de salvarle de los peligros que ofrecía nuestra situación y de atender a las necesidades de otras provincias. (…)

A consecuencia de esto fue congregada la Asamblea de los ciudadanos por el mismo jefe auxiliador, y sostenida por ellos mismos y el Exmo. señor Representante, siendo el resultado de ella asegurar estos dignos hijos de la libertad, que sus puñales eran única alternativa que ofrecían al no vencer: que se levantase el sitio de Montevideo, sólo con el objeto de tomar una posición militar más ventajosa. (…)

Verificado esto, emprendieron su marcha los auxiliadores desde el Arroyo Grande para embarcarse en el Sauce con dirección á Buenos Aires y poco después emprendí yo la mía hacia el punto que se me había destinado. Yo no seré capaz de dar a V.S. una idea del cuadro que presenta al mundo la Banda Oriental desde ese momento: la sangre que cubría las armas de sus bravos hijos, recordó las grandes proezas que, continuadas por muy poco mas, habrían puesto fin á sus trabajos y sellado el principio de la felicidad mas pura: llenos todos de esta memoria, oyen solo la voz de su libertad, y unidos en masa marchan cargados de sus tiernas familias á esperar mejor proporción para volver á sus antiguas operaciones: yo no he perdonado medio alguno de contener el digno transporte de un entusiasmo tal; pero la inmediación de las tropas portuguesas diseminadas por toda la campaña, que lejos de retirarse con arreglo al tratado, se acercan y fortifican mas y mas; y la poca seguridad que fían sobre la palabra del señor Elio á este respecto, les anima de nuevo, y determinados á no permitir jamás que su suelo sea entregado impunemente á un extranjero, destinan todos los instantes á reiterar la protesta de no dejar las armas de la mano hasta que él no haya evacuado el país, y puedan ellos gozar una libertad por la que vieron derramar la sangre de sus hijos recibiendo con valor su postrer aliento. Ellos lo han resuelto, y ya veo que van a verificarlo: cada día miro con admiración sus rasgos singulares de heroicidad y constancia: unos quemando sus casas y los muebles que no podían conducir, otros caminando leguas á pié por falta de auxilios, ó por haber consumido sus cabalgaduras en el servicio: mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos inocentes acompañan esta marcha, manifestando todos la mayor energía y resignación en medio de todas las privaciones.”

(Extraído de Reyes Abadie, Bruschera, Melogno. “El ciclo artiguista. Tomo I.” Montevideo. Medina. 1951.)

Diálogo sobre cómo y quién fue Artigas, con la historiadora Lucía Sala de Tourón.

En el siguiente link podrás leer una entrevista a la historiadora Lucía Sala de Tourón, donde explica varios aspectos de la figura de Artigas, su construcción a lo largo del tiempo y su estudio por parte de los historiadores:

http://www.laondadigital.com/laonda/laonda/301-400/311/A11.htm

jueves, 21 de julio de 2011

Sobre los cambios sociales y económicos durante la revolución (fragmentos de la historiadora Ana Frega).


Fundación de una república en el Río de la Plata basada en el respeto de la soberanía de los pueblos, la libertad civil y la igualdad: ese era el “programa radical” de la revolución artiguista. Su concreción implicaba llevar adelante la lucha no sólo  contra los españoles (que hasta junio de 1814 controlaron Montevideo) y los portugueses (que en 1811 y 1816 invadieron la Banda Oriental), sino contra la política unitaria y centralista del gobierno de las provincias unidas.” (...)El “programa radical” fue construido en el proceso de la lucha y no sólo ni principalmente por creación o imposición del “Caudillo”. (...)
La ruptura revolucionaria:
Si durante el período colonial el Estado español no había podido garantizar la seguridad de los habitantes, con la revolución se habían debilitado aún más los mecanismos de control. La guerra contra los españoles demandaba incrementar el reclutamiento de hombres, y los hombres en guerra exigían recompensas. Ese era el dilema de hierro que debían afrontar los grupos dirigentes y contribuye a explicar las alianzas y realineaciones de fuerzas durante la revolución.” (...)
“Pese a que las fuentes disponibles hasta ahora no permiten cuantificar el quiebre que significó el inicio de la revolución, las declaraciones de testigos en los pleitos por bienes perdidos durante ese proceso brindan interesantes indicios." (...) 
“Según testimonios de hacendados recogidos por el naturalista francés Auguste de Saint Hilaire, los soldados, “muchas veces negros, mulatos o indios”, “nombrados a sí mismos oficiales”, entraban a las estancias, tomaban lo que les convenía y los dueños tenían que “aparentar satisfacción.” No interesa aquí examinar la veracidad de estas impresiones, sino apreciar a través de ellas el temor que entre “la gente propietaria y de alguna consideración” desató el artiguismo, visualizado como una amenaza para el orden social vigente.”


FREGA, Ana. “Caudillos y montoneras en la revolución radical artiguista.”
En: “ANDES”. N°13. 2002. pp. 75-111.

Ruta del "éxodo".

miércoles, 13 de julio de 2011

El "éxodo" o "emigración" (textos extraídos de la historiadora Ana Ribeiro).

"Aquel acontecimiento singular: Al conocerse los términos del Armisticio firmado entre las autoridades de Montevideo y las fuerzas bonaerenses, los vecinos y pueblo en armas que mantenían el sitio de Montevideo deciden abandonar un territorio en el que se sentían inseguros. Porque, por un lado, quedaban a expensas de las autoridades españolas a las que habían combatido hasta ese momento; mientras, por el otro, se hallaban enfrentados a la presencia de las tropas portuguesas. Paradójicamente, se refugian en el seno de un ejército en retirada, y marchan junto a él.
Abandonan los alrededores de Montevideo desde el mes de octubre de 1811 hasta que retornan y se incorporan al segundo Sitio (iniciado por las fuerzas de Rondeau cuatro meses antes) en los últimos días de febrero de 1813. Estas fechas abarcan el largo derrotero de un pueblo y ejército -guiados por su caudillo- a través de la Banda Oriental, a la que atraviesan y arrastran a su paso. Pero abarcan también todas las connotaciones de esa marcha: la mezcla de adhesiones, euforias, temores y amenazas que determinaron las conductas de sus diversos actores; el inicio de una identidad colectiva que después lograría un perfil nacional; la ambigüedad que puede observarse en los principales protagonistas. (...)
Uno de los comportamientos ambiguos más fácilmente observable es el de Buenos Aires. Por un lado, se rinde ante las exigencias de Montevideo, y abandona el sitio dejando a los orientales que se habían levantado en armas a expensas de sus antiguos enemigos. Pero, por otro, no desecha la idea de volver a enfrentarse a Montevideo cuando reponga fuerzas, de allí que guarde bajo la manga, la carta del ejército artiguista. Le servía que se mantuviera unido, armado y expectante, y para eso le proporciona un lugar en el suelo argentino. Entonces, a los cinco días de haberse realizado la Asamblea de Paso de la Arena, en la que se decidiera emigrar, Artigas recibe por parte de la Junta bonaerense el cargo de Teniente Gobernador de Yapeyú.

Hacia 1930, el pintor Méndez Magariños representó el tema de "El Éxodo".

Fragmento de la obra del pintor Guillermo Rodríguez (hacia 1930).

Buscar paliar el miedo: Es hacia ese territorio que se dirige, porque el cargo implicaba la obligación de poblarlo, y las familias ya se habían sumado a su ejército. Cruzan el Río Negro entre el 11 y el 13 de noviembre de 1811: tres días para cruzar trabajosamente el más ancho de los ríos interiores de la Banda Oriental. Luego ocupan Paysandú por pocos días, y siguen cruzando las barreras de agua de la bien regada llanura: el 1° de diciembre el arroyo Quebracho, el 4 el Chapicuy y el 7 el Daymán. Luego seguirán hasta el Salto Chico donde efectuarán el cruce del Río Uruguay. Las familias cruzan en diciembre, Artigas y su ejército solo después de custodiar el pasaje de todos, ya en enero de 1812. Allí acampan en las orillas del arroyo Ayuí, en la provincia de Entre Ríos. Los charrúas -que en número de 300 aproximadamente, acompañaban la marcha- no abandonan el territorio de sus antepasados, y se quedan de este lado del río. Pero aguardarán, expectantes, el retorno del pueblo en armas. (...)
Esa compleja madeja de soldados y hogares motiva otra dualidad: la del propio Artigas. En un oficio dirigido a uno de sus comandantes señala la ambigüedad de Buenos Aires: "El gobierno de Buenos Aires abandona esta Banda Oriental a su opresor antiguo, pero ella enarbola a mis órdenes, el estandarte de la libertad, síganme cuantos gusten, bajo la suposición de que jamás cederé." En la denuncia, sin embargo, desnuda otra contradicción: allí estaba el sentido del deber, el instinto de amparar, la carga de responsabilidad que lo ligaba a la gente y que se levanta como imperativo por encima de su condición de militar. Portador de una doble investidura, era como militar, un Coronel del Regimiento de Blandengues, jerárquicamente dependiente del Gobierno Bonaerense, desde que se puso a su servicio. Mientras, como Jefe de los Orientales, era jefe de un pueblo que por resolución popular lo eligió y le impuso la decisión del éxodo.
Conductor que era conducido, no podía sino albergar sentimientos encontrados: miraba con "secreto placer" la determinación "magnánima" de sus paisanos, a la vez que temía que fuesen un obstáculo desde el punto de vista militar. Confiesa al gobierno de Buenos Aires haber hecho uso de todos los medios que estaban a su alcance para evitar "la emigración asombrosa de los vecinos y familias q.e me seguian." La lógica militar le indicaba "los embarazos q. presentarian p. la actividad de mis marchas, las dificultades y tropiesos q. ellas mismas devian experimentar, y lospocos auxilios q. yo podria ofrecerles."
Pero como todas las circulares publicadas por bando en los pueblos y aún más las duras actitudes no lograron "impedir la emigración, ó casi puede decirse despoblacion de esta Campaña", no puede menos que reconocer que veía la necesidad de aquietarlos, pero a su vez sentía la obligación "sagrada" de auxiliarlos. Porque es bajo su amparo que se pusieron esas "familias orientales que han acumulado sacrificios de toda especie p.r la causa de la pat.ria", eligiéndolo y comprometiéndolo con ellos. Claramente expresa: "yo, á quienes ellos concideran como móvil de la alarma general de la campaña".
No hay mejor cronista del éxodo que el propio Artigas. En sus múltiples cartas, oficios y documentos (hombre de actividad febril) traza un completo cuadro de escenas y razones. Porque varias son las causas que movieron a los habitantes de la Banda Oriental a protagonizar aquella marcha de la campaña toda.
En primer lugar, el temor. Las tropas portuguesas (de las que un vecino afirmara "Con títulos de Ladrones, hacen la Guerra") confirmaron lo que Artigas llamó su "mala fe", o sea, su objetivo de conquista:"pueblos enteros q.e han saqueado, miles atrocidades q.e han cometido". (...)




Representaciones de "El Éxodo", del pintor Guillermo Rodríguez, hacia 1930.

El entusiasmo (...): Otra motivación del éxodo, además del miedo, es el entusiasmo: en aquella época "los hombres respiraban entusiasmo hasta por los poros" dijo un contemporáneo, el Coronel Ramón de Cáceres. ¿Es causa o síntoma del clima revolucionario? ¿hasta dónde el mayor de los precios posibles -el abandono de todo lo que se posee, el riesgo de la propia vida- no es algo que se paga sin titubeos, sólo cuando en el aire se labra un futuro mejor? (...)
Llámese entusiasmo o torbellino lo cierto es que el clima revolucionario fue registrado como dato por todos los que lo vivieron. Pero también lo es que muchas veces operó como presión en esos contemporáneos. Y eso debe ser sumado a las causales del éxodo: no sólo por adhesión se acompañó las marchas, también hubo quien lo hizo atemorizado por ese clima eufórico que parecía dejar en el vacío a quien no lo integraba. Porque el territorio todo estaba sumergido en la violencia de unos y otros. La neutralidad era imposible y todos fueron obligados a tomar partido, porque no quedar dentro de las filas de alguno de los poderes enfrentados (Montevideo, Buenos Aires, portugueses, fuerzas revolucionarias) era el desamparo. (...)
Es que una poderosa causa más debe señalarse: el ascendiente del caudillo sobre la gente. No como causa única ni para poner a Artigas omnipotentemente al frente de todas las decisiones, sino para marcar un influjo innegable.
Un pueblo en andrajos: "Las descripciones de aquella emigración singular contribuyen a la comprensión de la misma como fenómeno político y de identidad. Para ello hay que hurgar en el fresco de época que los documentos y los cronistas han dejado.
Artigas es un fiel cronista del sacrificio de quienes lo siguen, porque eso es lo que más lo conmueve. En su lenguaje altamente político, en medio de valoraciones estratégicas o consideraciones ideológicas, se cuela la emoción siempre que llega a ese punto. Dice, ante el gobierno bonaerense y a poco de iniciadas las marchas "solo ellos pueden sostenerse á sí mismos: -sus haziendas perdidas, abandonadas sus casas, seguidos á todas partes no del llanto pero sí de la indigencia de sus caras familias" expuestos a las calamidades del tiempo, "pobres, desnudos, en el seno de la miseria sin mas recurso que embriagarse en su brillante resolución". Y pide recursos en dinero para sostener a cuatro mil hombres "penetrados de la pasion americana" y algunos vestuarios para cubrir la "dolorosa desnudez" de esos "bravos seres".
En otra comunicación al mismo gobierno, y habiendo transcurrido los primeros tres meses de marcha, su testimonio es aún más crudo, a la vez que revela más sus sentimientos. Agradece los 200 sacos de galleta y las 60 ollas de hierro recibidas y pide municiones y vestuarios para su ejército, ya que "la miseria no se ha separado de sus filas desde q.e se movió, todo se ha reunido para atormentarle, y yo destinado a ser el expectador de sus padecimientos no tengo ya con q.e socorrerlos." (...)
Del censo que Artigas hace levantar se deducen algunas cifras elocuentes. Se anotan 4031 civiles, pero en datos que figuran en la "Nota" aparte pueden contabilizarse mil más. La cuarta parte de los censados son niños: alrededor de mil. Más de mil son los vehículos que los transportan lo cual supone unos ocho mil bueyes ya que la carreta criolla era movida por tres yuntas y llevaba una de refresco.
Custodiando a las familias marchaba un ejército de 6000 hombres, lo cual presupone que llevaban consigo no menos de veinte mil caballos. A ello es necesario agregar que tanto civiles como militares iban arreando no sólo sus propios ganados y yeguarizos sino todo lo que hallaban, tanto para usufructuarlos como para impedir que llegaran a manos de españoles y portugueses. Alimentar a esa masa errante fue un problema que se agudizó a medida que avanzaban hacia el norte. Ya a la altura de Mercedes tuvieron que organizar expediciones de gran riesgo para arrear ganado en terrenos y estancias controlados por las fuerzas portuguesas. (...)
Del padrón de familias surge la cifra de 1206 mujeres jóvenes entre los emigrados, inquietante presencia en un medio donde la mujer escaseaba. (...)


El tema de "El Éxodo" representado por Manuel Rosé. Algunas de sus pinturas se encuentran en el Palacio Legislativo.

Para que sirva de escarmiento: La trabajosa marcha de tan numeroso contingente de personas, bienes y animales suponía una organización, más allá de la espontaneidad y confusión iniciales. El ejército se organiza en Artillería, Infantería y Caballería y en torno a los liderazgos naturales traducidos en los cargos de Comandantes, Capitanes y Tenientes Coroneles. Hubo una comisaría de Guerra, una Intendencia General del Ejército, una Auditoría General de Guerra y un servicio de Sanidad, con varios Hospitales de Sangre y Cirujanos que acompañaron las marchas.
Quizás los títulos sean pomposos: "Hospital" debe ser adecuado a la realidad, ya que la mayor parte de las veces se curaba con yuyos y sólo trabajosamente se consiguieron algunas medicinas; la anestesia "por vapores de éter" (para las varias operaciones y amputaciones que la guerra ocasionaba) no aparece en el Río de la Plata sino hasta 1847. "Comandante", por ejemplo, designaba a un jefe local, de indudables méritos en la batalla, pero sin galones ni diferencia alguna -en su desarrapado aspecto- al resto de la gente.
Otro aspecto vital de la organización fue el mantenimiento de la justicia, que recayó entonces en Artigas, como Jefe de los Orientales. La vida de excepción del éxodo y del estado de guerra requirió una ley expeditiva y contundente, que castigara sin ambigüedad ciertos delitos claramente definidos. Hubo cuatro que se castigaron con la Pena Capital: el robo, la violencia contra "mujeres decentes", el enfrentamiento armado a la autoridad revolucionaria y la deserción."

Textos extraídos de: Ribeiro, Ana. "Los tiempos de Artigas." Tomo I. "El estallido revolucionario." El País. Montevideo. 1999. pp. 114-136.